Acerca de Zapatero, de los compromisos y la amistad

suso de toro i zapatero

Suso de Toro

 

Acerca de Zapatero, de los compromisos y la amistad (1)

 

25/12/2013

 Estos días veo a un amigo que se deja entrevistar en radios y televisiones con motivo de la publicación de un libro suyo y lo que parece es cierto: está haciendo publicidad de su libro. Claro que sí, cuando uno firma un contrato con una editorial y una de las condiciones es un adelanto sobre los derechos de autor que le corresponden, adquiere la obligación de ayudar en su promoción. Pero, sobre todo, José Luis Rodríguez Zapatero está intentando hacerse comprender para deshacer todo lo que se ha dicho sobre él. Es evidente que es una verdadera necesidad personal.

Como mi camino se encontró con el suyo en algún momento y no fue sin dejar algún tipo de marca, hace tiempo que siento que debo dar una reflexión sobre esa persona y ese personaje. Sobre ese amigo, también sobre ese político. Zapatero es un político y éstos realizan su vida en un plano autónomo del común, se tratan entre ellos y piensan desde dentro de los partidos, las instituciones y el Estado a través del que realizan su acción. Antes trató con políticos y gobernantes de todo tipo y ahora lo veo en el Consejo de Estado, una institución que simboliza al Estado mismo.

Mi vida fue y es otra y transcurre fuera de esos entes. Como escritor, mi trabajo era precisamente afirmar la existencia de la vida fuera de esos lugares y, como ciudadano mantuve y, más que nunca, mantengo una distancia con ellos. Imagino que en adelante los caminos de ese amigo estarán cada vez más constreñidos por esa lógica institucional y se apartarán cada día más de quien ya no reconozca a este Estado y se sienta a la intemperie, pero como no creo en el cinismo que niega la vida y que nos conduce al fracaso existencial, creo que la amistad prevalecerá.

Esta es mi visión personal de José Luis Rodríguez Zapatero, un relato breve de ese encuentro entre dos personas bien distintas y de procedencias diferentes. El transcurso de los años nos devuelve al principio. Mis principios estuvieron en el conocimiento de que había que pedir autorización al Gobernador Civil del enemigo para poder vender libros en lengua gallega un día al año, de que la policía asesinaba a estudiantes y obreros desarmados, de que en las comisarías se torturaba a los enemigos del Régimen.

Mis principios me situaron del lado de Puig Antich, Moncho Reboiras, los cinco jóvenes fusilados en septiembre del 75. Viniendo de ahí, la famosa Transición me dejó descolocado, podía comprender que el pacto con el Ejército y el Estado franquista tenía racionalidad, simplemente el franquismo era más fuerte que el antifranquismo y la sociedad española no daba para más, pero nunca pude aceptar las mistificaciones sobre el pasado con las que se justificó desde aquel momento y hasta hoy, siempre discrepé de las bases y del argumento sobre el que descansó esta semirrestauración democrática: la sociedad española había pasado milagrosamente de estar salvajemente troquelada por el Régimen a ser tolerante, civilizada, democrática e incluso de izquierdas o centro izquierda, el Rey había sido quien nos trajo la democracia, aceptar las bases norteamericanas y entrar en la OTAN era una prueba y una garantía de progreso y democracia, los franquistas se habían transformado en demócratas, etc. Sin embargo, aquello era lo que había y con ello había que arrear, y yo arreé.

Me puse a escribir y publicar, escribí en gallego, y eso me situaba desde el comienzo en un contexto de anormalidad. Cualquier escritor que quiera hacer una carrera literaria necesita que exista un país detrás con sus instituciones y sus medios de comunicación; evidentemente no era el caso pero decidí apostar por las posibilidades que podría ofrecer una nueva época en democracia y con la recuperación de la autonomía.

Por razones históricas, la cultura en lengua gallega fue y es inevitablemente antifranquista, esas mismas razones ya adelantaban el fracaso de su normalización en esta etapa histórica de democracia dentro de los límites prescritos, sin embargo, porque pretendí lo que toda generación, llevarme un cacho de comida del banquete de la vida, defendí que la literatura en lengua gallega debía dejar de asumir la anormalidad histórica y social e intentar la “normalidad”.

Incluso defendí la figura del escritor burgués que se relaciona con la sociedad ofreciéndole su trabajo del mismo modo que lo hace un trabajador de otra profesión. No es aquí el lugar para hacer balance de ese empeño y de la experiencia de ser escritor en lengua gallega en esta España, lo resumiré diciendo que la “normalidad” fue y es imposible. Y lo es por las mismas razones por las que esta democracia ha llegado a su agonía, porque no habrá democracia en España sin una ruptura con el pasado franquista y su cultura civil, su ideología nacionalista, su modelo económico y su estructura de poder.

Mis intentos por ser un escritor razonablemente profesional nunca fueron realmente posibles y nunca conseguí desentenderme de los problemas y conflictos sociales y políticos, de modo que ya había tropezado con el poder político en la Galicia de Fraga. Sin embargo, todavía entendía que aquel reinado autoritario era una anomalía dentro de una España más o menos democrática. Los años siguientes me desengañarían. También creí que la segunda legislatura de Aznar era otra anomalía autoritaria pero transitoria dentro de un sistema democrático, y fue en esa época cuando conocí a Zapatero.

Acababa de ser elegido secretario del PSOE por el voto de los militantes frente a José Bono, Matilde Fernández y Rosa Díez (sí, aunque cueste creerlo) y, sin embargo, contaba ya con el recelo del aparato del partido y de los sectores y medios de comunicación que se identificaban con la etapa de González y Guerra, eso jamás cambió.

En Zapatero reconocí a un joven dirigente bien distinto de los anteriores, una persona con sinceras convicciones y con arrojo, pero además con una dureza que no se correspondía en absoluto con la idea de un niñato naif que le atribuían sus enemigos. En lo político, un regeneracionista entusiasta; conocí presidentes, ministros e intelectuales españoles pero nunca a nadie que creyese tanto en las posibilidades de la España de los españoles.

Se sentía discípulo lejano de Giner de los Ríos, un nacionalista español que curiosamente acabó siendo acusado de “mal español” y “traidor que vende España a ETA y a los catalanes”. Pero su España no era integrista en ningún sentido, capaz de reconocer la diversidad nacional interna.

Quien recuerde la conmoción que fue la gestión del naufragio del Prestige, luego la campaña a favor de la guerra contra Irak y la manipulación de la información tras los atentados en los ferrocarriles madrileños, podrá comprender las razones para desear que llegase al Gobierno. Siempre creí que Galicia precisaba para existir de fuerzas políticas propias pero cómo no apoyar a un presidente del Gobierno español así tras haber vivido todo lo anterior.

En Galicia se da por sentado que un escritor en lengua gallega debe ser forzosamente de izquierdas, cosa que siempre combatí pues me parece que es una expectativa irreal, casi antidemocrática y un signo de desesperación histórica. Defender la autonomía de la literatura respecto de los programas ideológicos y la independencia del escritor me resultó incómodo.

Pero en la cultura española comprobé que la idea dominante era realmente la contraria, comprometerse en el apoyo a una opción de izquierdas era censurado porque, por lo visto, el intelectual perdía independencia y no me recuerdo cuántas cosas más perdía. De eso quedaban exentos los intelectuales que apoyaban a la derecha, fuesen a UPyD o al PP. Y eso era posible porque existía una formidable operación de descalificación y denigración de Zapatero (nunca pudo tragar lo de ZP, un calificativo nacido para apoyarlo pero que fue acogido con entusiasmo por sus enemigos).

Zapatero gobernó por el apoyo de millones de personas que le dieron su voto en dos ocasiones y depositaron en él enormes esperanzas, sin duda fue un gobernante personalista y también carismático y eso tiene aspectos positivos y otros inquietantes; pero al mismo tiempo fue combatido por sectores de su partido y, unánimemente, por una derecha que sabía que necesitaba destruirlo personalmente.

A diferencia de sus antecesores en el Gobierno, era un profesor de Derecho Político y había conocido la política local y luego la estatal, había estado en la dirección federal y en el Congreso, tenía un recorrido político teórico y práctico y, sin embargo, se le reprochó todo lo que no le habían reprochado a Suárez, a González o a Aznar.

La campaña contra Zapatero, sostenida en el tiempo por todos los medios de comunicación, es digna de un estudio acerca del papel de los medios en la conquista del poder político. Pero, como ya aprendí que quien lee en la red no gusta de textos largos, me disculparán y continúo la semana próxima.

 

Acerca de Zapatero, de los compromisos y la amistad (2)

 

01/01/2014

 Ya que este texto en entregas es una visión particular, debiera ofrecer alguna reflexión acerca de mi relación con la política, no habiendo querido nunca ser un político la política afectó toda mi vida condicionándola, pero no creo que eso interese a los lectores de esta sección. Sin embargo, fue desde esa posición ambivalente que me interesó la figura de Zapatero, no basta la explicación que ya he dado de que la segunda legislatura de Aznar puso en peligro la democracia misma y era una obligación apoyar un cambio, vi algo en aquel hombre joven que lo hacía sustancialmente distinto de los políticos españoles en general y de los socialistas en concreto.

LA APARICIÓN DEL PSOE. Más allá de los libros de historia que trataban del primer tercio del siglo XX, recuerdo la primera vez que oí hablar de la existencia del PSOE, debió de ser en 1975, un catedrático de Economía, Francisco Bustelo, había llegado a Santiago y sondeaba cómo crear en Galicia ese partido. Bustelo era una figura respetable y aquel pequeño grupo inicial se presentó con la humildad que correspondía a recién llegados. Por otra parte, aquellas siglas tenían algún tipo de atractivo, remitían a una época y una cultura republicana que era fácil idealizar, pues era completamente desconocida en aquella sociedad troquelada por curas y militares; tampoco el antifranquismo contenía una cultura cívica, pues estaba naturalmente empapada de cuartel y sacristía. Pero, tras la muerte de Franco, aquel embrión se transformó, hinchó e hinchó.

La experiencia revolucionaria de Portugal por aquellos años, la “Revoluçao dos Cravos”, fue definitiva para que EEUU apoyase a la Internacional Socialista en Europa con el fin de anular a los partidos comunistas, llegaron los marcos alemanes y todo tipo de apoyos tácticos y fácticos y el PSOE barrió a toda la izquierda antifranquista. Sin ese contexto histórico no se comprende el lugar que ocuparon González y Guerra en las décadas siguientes ni se comprende al partido que recrearon, una organización con un programa de reformas sociales pero nacida y preparada para administrar el Estado dentro de estructuras internacionales dadas. El idealismo sincero de militantes fue quedando al margen, y aun aplastado por los profesionales de la política, con la inevitable carga de cinismo que eso conlleva.

EL PSOE EN GALICIA. Pero mis reticencias no sólo se fundamentan en una apreciación general sobre ese partido en España sino, de un modo muy concreto, a su relación con Galicia y que se concretan en dos decisiones absolutamente perjudiciales y también significativas.

Recuerdo a la presentadora de TVE (la única emisora entonces) informando de los beneficios que conllevaría para los españoles el tratado de adhesión a Europa que había negociado el Gobierno de González. Fue relatando las ventajas para las producciones de un territorio tras otro y cerró la relación refiriéndose a Galicia, creo que éstas fueron sus palabras exactas: “En Galicia tendrán más facilidad para desplazarse”. Efectivamente, todos los sectores productivos gallegos habían sido olvidados y nos ofrecían facilidades para seguir emigrando, aunque la maleta corría por nuestra cuenta. Hay recuerdos que no se pueden ni deben olvidar.

Y la otra decisión estratégica fue mantener a Galicia como un interesado feudo de la derecha. De ello se encargó un increíble fenómeno político llamado Francisco, “Paco”, Vázquez. Cualquier antifranquista gallego reconocía en él sin dudar a un franquista gallego. Un personaje que reunía todos los ingredientes del franquismo político: la corrupción urbanística, el nacional catolicismo del Opus y el nacionalismo españolista de Falange.

Vázquez, aupado por un lobby de intereses locales, mantuvo completamente anulada a la organización de la que era secretario, el PSdeG, de modo que Fraga pudo reinar y modelar la sociedad. Su pacto con Fraga llegó al extremo de hacer campaña a favor de éste en contra del candidato de su propio partido. No se comprende tal disparate si no es porque a González, en Madrid, le interesaba tener dividido al PP sabiendo que Fraga seguiría desde Galicia interviniendo en la política estatal y mantendría debilitado así el liderazgo de un Aznar recién llegado. Galicia fue la moneda de cambio para frenar el avance estatal del PP.

Sólo salvaría la etapa de Pérez Touriño como secretario, se esforzó por empezar a asumir las responsabilidades debidas del partido con la sociedad gallega. Con estas experiencias se comprende que no esperase nada particularmente bueno de un dirigente socialista y que Zapatero me resultase una verdadera sorpresa.

UN INESPERADO. La llegada de Zapatero a la secretaría, frente a las opciones que eran más previsibles y que se mostraban las más “razonables”, fue una sorpresa; el PSOE era un partido sin fe en sí mismo y sin esperanza en nadie, y de ahí surgió un personaje prácticamente desconocido e inesperado.

Zapatero, sin dejar de ser un profesional de la política y sin pretender romper los marcos establecidos, era distinto; recuerdo que al conocerlo me dije que era un verdadero espectáculo humano, reconocí en él el ímpetu de un joven. No era un revolucionario pero entendía también la práctica política de un modo radical, verdaderamente creía en la política como un instrumento para cambiar las vidas.

Había en él algo de peligro, de aventura, supongo que fue eso lo que me sorprendió. Y creo que eso lo percibieron todas las personas que lo conocieron en ese momento en el que él, tras años incubándose a sí mismo, se manifestó: era un animal joven y peligroso. No pretendía romper el cercado en el que se desenvolvía la política pero su ímpetu hacía que se acercase peligrosamente a los límites, era un animal político por domar. Ese peligro juvenil hace que algunas personas se sientan atraídas y otras, dentro y fuera de su partido, que recelen y sean hostiles. Sí, Zapatero era un inesperado en la política española. Y también un intruso.

UN INTRUSO INCLUSO EN SU PROPIO PARTIDO. Se había mantenido en una cierta penumbra observando y aprendiendo, había ocupado responsabilidades de segundo grado y no pertenecía al círculo de los señalados o protegidos por G y G. Pero lo que lo hacía distinto no era tanto lo que dijo cuando se presentó ante el partido, sino la cultura política que se percibía cuando uno hablaba con él. Su cultura política era distinta a la de la generación anterior y que se veía propietaria del partido, pues efectivamente lo había refundado.

Creo que parte de la autoconfianza, tan característica de Zapatero, nacía de creer que él podía expresar el modo de ver las cosas de una nueva generación que ya no había sido educada por la dictadura y había crecido sin miedo y creyendo realmente en la democracia. Una generación que no había interiorizado el miedo, que no había crecido en una sociedad rígida, jerárquica y burocrática, donde hombres y mujeres vivían en espacios segregados, donde la hombría se adquiría a través de ritos de iniciación brutales como el servicio militar, una humillante descarga de violencia machista y nacionalismo, donde no existía el derecho a la discrepancia ni tampoco a la diferencia…

Los cambios económicos y sociales de las décadas anteriores, facilitados por la generación anterior de dirigentes socialistas, habían creado una nueva cultura social y Zapatero había tomado buena nota de una máxima que repetía González, “los cambios siempre son generacionales”.

OTRA CULTURA POLÍTICA Y OTRO LIDERAZGO. Ese cambio de cultura política se manifestaría políticamente más tarde cuando alcanzase el Gobierno pero entonces ya se percibía, en su trato personal y en su modo de liderar, un modo diferente que desconcertó totalmente a los cuadros del partido formados en las décadas anteriores.

Su estilo de liderazgo nació tanto de sus experiencias generacionales como de su personalidad tan peculiar. Zapatero es un individuo irremediablemente individualista, un solitario. Frente al estilo de G y G, basado en establecer fratrías, entendimientos y complicidades, Zapatero levantó su poder político en una relación, primero con su partido y luego con la sociedad, basada en un diálogo personal.

Todo líder es forzosamente personalista, en su caso eso se evidenciaba más, pues no sabía ocultarlo. Cuando hablaba en el Parlamento hacía un razonamiento concreto y, cuando se dirigía a la ciudadanía, le hablaba a cada persona individualmente; muchas personas que antes habían votado o no a G y G no creían en la sinceridad completa de sus palabras y sus posiciones, sobreentendían la astucia política, en cambio, sí confiaron en la sinceridad de Zapatero.

SE TRATÓ DE UN LAZO PERSONAL. Creo que ese pacto y ese lazo, que saltaba por encima del partido, entre él y las personas que lo votaron, es lo que explica el dolor que expresaron luego muchas personas decepcionadas por su actuación política en sus últimos tres años de gobierno. La rabia que manifestaron muchas de estas personas estos años es significativa de la profundidad de aquella relación, hubo un desengaño personal.

No se trataba de decepción con la política sino de verdaderos sentimientos de desengaño, algo difícil de reparar. Creo que, aunque Zapatero lo intente, sólo el tiempo permitirá que esas personas lo comprendan y lo perdonen. Naturalmente, no me refiero a otras personas que sin haberle entregado nunca su confianza lo insultan, ésa es otra historia de la que trataré más adelante.

Aquel político carismático consiguió durante unos años que el cinismo predominante en la política española cediese el campo a una confianza y una esperanza en que la política podía ser de otra forma, que la política podía ser moralizadora y educadora de la ciudadanía. La crisis trituró ese momento político pero, antes de llegar a ese fracaso, permítanme alguna otra consideración sobre el liderazgo de Zapatero.

ZAPATERO Y SU RELACIÓN CON EL PARTIDO. La idea dominante, sobre todo entre la gente ilustrada y de izquierdas, es que existe “el sistema”. En cierto modo es verdad, pero ello no elimina la consideración de que existen las personas y de que tanto la economía como la política es realizada por individuos, autores.

Los logros de Zapatero nacieron de la misma energía que le creó obstáculos, de su mesianismo. Todo liderazgo fuerte tiene un componente mesiánico mayor o menor; sin duda, él creía ser una figura necesaria para transformar España para mejor, a eso me refería la semana pasada cuando aludía a su nacionalismo regeneracionista.

El propósito de cambiar lo existente, la confianza en sí mismo y el modo radical en que entendía la política le llevaron a pretender recrear también al partido socialista. Desde el aparato se expresaron los temores de la generación anterior y se le criticó que pretendiese “jubilarlos”; si bien todo relevo en la dirección de una organización supone la llegada de unos y el apartamiento de otros, en conjunto me parece que fue una crítica injusta pues tuvo gran interés, puede que demasiado, en soldar las generaciones y no fracturar el partido. Sin embargo, el contenido político de su propio liderazgo exigía inevitablemente un relevo político y humano, y eso sólo podría acabar en victoria o en derrota.

La relación que Zapatero mantuvo hasta el final con su partido fue compleja y difícil de desentrañar para todos, incluso para el grupo de jóvenes dirigentes que lo aupó y que se sintió decepcionado con un dirigente que veneraba tanto al partido como institución y su historia y que poco a poco iba cediendo terreno a sus inercias. Sus referencias políticas las buscaba en la propia historia del partido y, aunque siempre se manifestó respetuoso y devoto de la figura de González, lo cierto, sin embargo, es que no sólo rompió con su estilo sino también con algunos lazos.

LA RELACIÓN CON PRISA. Uno, que le acabó resultando muy costoso, fue la relación o el entendimiento entre el PSOE y el Grupo Prisa. Creo que está sin historiar con ecuanimidad el papel de ese grupo de comunicación como verdadero intelectual colectivo de esa época histórica que va de la muerte de Franco hasta aquí, y que bastantes consideramos ya cerrada y, en general, el papel de los medios de comunicación españoles, fundamentalmente madrileños, como parte del poder político.

Se podría resumir en que el PSOE cedió al grupo, principalmente a El País, el papel de educador ideológico de la sociedad española y que la hegemonía política del partido se argumentaba y se alimentaba de las ideas y tendencias que irradiaba el periódico.

El caso es que Zapatero percibió que sería imposible conservar esa relación sin ceder su liderazgo y sin perder la independencia del partido, y se distanció, o rompió la tutela intelectual, de Prisa. Creo que los militantes, si tenían constancia de ello como creo que la tenían, debieran sentirse orgullosos de esa defensa de su soberanía, sin embargo, les pesó la preocupación por las consecuencias negativas que tendría ese distanciamiento, los costes.

ZAPATERO EN LA CORTE. La distancia y los recelos con Prisa cambiaron una pauta muy importante en el espacio de la opinión progresista y de la cultura establecida. Esos recelos se extendieron también a toda una generación intelectual que no había mostrado antes distancia ni hostilidad con el partido de González y que reaccionó con cierta violencia intelectual contra Zapatero.

Desde la distancia, me resulta difícil explicar completamente esa actitud; creo que fundamentalmente nace de esa personalidad individualista y solitaria del propio Zapatero, no hizo los suficientes gestos de reconocimiento de esa intelectualidad establecida. Con anterioridad a ser elegido secretario del partido, Zapatero era un diputado volcado en el trabajo político que hacía en Madrid una vida social mínima y que viajaba de vuelta a León en cuanto el trabajo parlamentario lo permitía.

Zapatero puso énfasis en conservar su vida personal y familiar, en parte por su propia naturaleza y lazos personales y en parte porque entendía las relaciones políticas de un modo práctico y formal. Creo que eso le impidió establecer unas relaciones que en una ciudad que es corte, como Madrid, son fundamentales. De nuevo el aspecto personal de la política.

Mi conocimiento es poco pero mi impresión es que en los distintos ámbitos de poder madrileño, sean políticos, económicos, mediáticos, culturales, reina una cultura basada no en el diálogo, el trato y el pacto sino en los entendimientos y complicidades. Y todo eso nace del roce constante, Zapatero fue esquivo para ese tipo de relaciones constantes y permaneció aislado humanamente.

DE ‘TROLLS’. En cierto modo, las resistencias que encontró como gobernante eran las de la España tradicional, las mismas resistencias de izquierdas o de derechas que enfrentó la II República.

Hoy nos solemos referir a aquella República fracasada, a la figura de Azaña, del modo en que se tratan los mitos, sin pararnos a analizar y sin aceptar sus contingencias. La España de aquel entonces era una nación sólo posible por la fuerza y un estado imposible, no sabemos cómo habría evolucionado si no hubiese triunfado el golpe de Estado de los militares nacionalistas, en otros estados europeos se daban en aquel entonces tensiones semejantes, pero hubo un factor particular que intervino y que creó enormes perturbaciones a la República: la cultura de guerra civilismo.

Una tradición cultural que se mantiene hoy, que nace de la falta de cultura cívica y que la niega. Igual que entonces, la derecha española es nacionalista, increíblemente clasista, inculta, autoritaria y rancia pero en otros sectores que no se corresponden exactamente con ella domina también el autoritarismo, el nacionalismo, la incapacidad de escuchar y dialogar con el diferente, la falta de respeto al otro y el instinto aniquilador del contrario.

Tanto Azaña como los partidarios de la República en general cometieron fallos clamorosos, merecían críticas pero también respeto y comprensión. Sin embargo, tanto la República entonces como la vida pública o los medios de comunicación ahora están llenos de ‘trolls’. ‘Trolls’ que ayudaron a forjar una tenaza con la derecha para atacar las medidas políticas que inició Zapatero y que primero sorprendieron pero luego encontraron agrias resistencias.

RESISTENCIAS. Hubo resistencias que ironizaban sobre la paridad de las mujeres, que se burlaban de las mujeres ministras. Naturalmente que hubo ministras más o menos incapaces para el cargo, igual que otros compañeros suyos, pero nadie se burló en cambio de ‘los Aídos’, ‘los Pajines’. La ranciedad generacional incapaz de verse al espejo y de aprender algo nuevo.

Pero hubo unas resistencias enormes que veo que ahora nadie recuerda. Pero ¿nadie recuerda aquellas manifestaciones de cientos de miles de personas con sus banderas clamando contra quien vendía a España, traicionaba a las víctimas de ETA, liquidaba a la familia, mataba a los niños, reabría las tumbas y reavivaba el odio fratricida? Fue un carrusel rojo y gualda continuo apoyado por potentes medios de comunicación y por las estructuras de la iglesia católica española y que dividió, como pretendía, a la sociedad. Y eso estuvo ayudado por un matonismo intelectual de una nueva derecha pija, toda esa violencia intelectual pretendía atemorizar y evitar que su gobierno tuviese apoyos. ¿Realmente alguien cree que toda esa oposición no es algo a tener en cuenta cuando se gobierna?

UN CIERTO AIRE CON SUÁREZ. Como ya escribí en esta sección, creo que Zapatero supuso el fin de las posibilidades de este sistema político, intentó actualizarlo y adaptarlo a las transformaciones habidas en la sociedad española en los últimos treinta y cinco años. Vemos que no lo consiguió.

Pero lo intentó. Si queremos referirnos con ecuanimidad a su intento, debiéramos pararnos un momento a hacer recuento de las ignominias de estos dos años de Rajoy en los que, comenzando por su inicial asalto a una TVE que ofrecía un servicio profesional, procedió al desmontaje total de la democracia y al saqueo final de los servicios públicos.

Y quien quiera ser justo debiera quedar un minuto en suspenso y considerar lo siguiente: todas las cabeceras de prensa existentes llamadas ‘nacionales’ pidieron en su día reiteradamente que Zapatero dimitiese. ¿Sabe alguien de alguna de esas cabeceras de prensa que haya pedido la dimisión de Rajoy? Y, si hicieron lo anterior y ahora no lo hacen, es porque se trataba justamente de eso, de que llegase Rajoy. Ése es el único secreto de aquel ambiente de hostilidad abrumadora desde todas partes y en el que acabaron cayendo muchas personas, abrumadas y decepcionadas.

El final de su etapa política me recordó en parte a la figura de Suárez, en soledad, abandonado por su partido, denostado y recibiendo ataques desde todos los lados. Como él, Zapatero era un intruso insolente y molestó.

Fracasó, claro que sí, toda aventura acaba en fracaso. Aquel potro joven fue encontrando sus límites y puede que haya sido finalmente domado. Pero no quiero cansar, permitan que hable de su fracaso, que fueron tres derrotas, la semana próxima.

 

 

 Acerca de Zapatero, de los compromisos y de la amistad (y 3)

 

08/01/2014

Escribir una reflexión en marcha en una web donde se incorporan “posts” obliga a modular el texto que se va tejiendo. Se aprende de quien no tiene como oficio el redactar opinión y sin embargo ofrece interpretaciones muy bien fundadas pero también se aprende de las expresiones de rabia, pues son parte de la conciencia social en ese momento.

LA “MALA HOSTIA” Y LOS SUPER MACHOS. Poco hay que añadir a lo que ya expuse sobre el guerra civilismo español, la “mala hostia” es un elemento fundamental de la vida pública que, cuando no puede expresarse con la violencia directamente, se expresa con la descalificación y el insulto. La “mala hostia” es aceptada como normal, un rasgo identitario del que sienten orgullosas personas tanto de derechas como de izquierdas. De poco vale que se diga que es reaccionario y antidemocrático, puede más el “ser macho”, alardear de instinto asesino. Eso de la educación, dialogar y respetar a los demás son “mariconadas”, ya se sabe. A los súper machos no se les puede argüir nada salvo poner los huevos sobre la mesa, cosa que no hace al caso.

LOS MELINDROSOS, LOS FRÍVOLOS, LOS SECTARIOS Y LOS JÓVENES. Lo curioso es que a los súper machos se le suman las personas exquisitas, melindrosas que encuentran siempre el modo de situarse al margen con un “no era eso, no era eso” o el frívolo “puagh, yo soy mucho más puro”. Tampoco atenderá a razones quien está encerrado en la sicología del sectario que no le permite aceptar que probablemente hay aspectos de la verdad en las posiciones de quien piensa diferente.

Pero, en cambio, sí es necesario contestar a las críticas radicales de los jóvenes. Igual que existen los países y las clases sociales también existen las generaciones. Las generaciones jóvenes tienen derecho a vivir en un mundo donde también haya adultos, tienen derecho a que, además de su energía, contar con la experiencia de quienes fueron jóvenes antes. Renunciemos los mayores a ser “guais” e intentemos ser adultos.

NO, NO TODOS SON IGUALES. Creo que buena parte de las críticas a la figura y a la política de Zapatero que provienen de jóvenes airados son equivocadas. Las críticas y la mayor parte de las reivindicaciones de las plataformas que se mueven contra la política económica y social vigente, tanto con el anterior gobierno como con éste, son justísimas pero la descalificación global de todo y de todos es injusta y equivocada. Los jóvenes que acamparon en la Plaza del Sol madrileña y que fueron imitados por otros en otras plazas tenían razón en su reclamación fundamental: en contra de lo que se le había prometido sus expectativas vitales fueron contrariadas y se vieron abocados a un cierto limbo laboral y vital. Pero eso no quiere decir que todos los partidos sean iguales, un cínico aserto que repiten interesadamente los voceros de la derecha pues saben que no afecta a sus bases.

Precisamente en aquellos días la derecha celebraba aquella estampa, pues suponía una constatación del fracaso económico y una tremenda desautorización del gobierno socialista, pero al mismo tiempo exigía que las plazas fuesen desalojadas por la policía, llegó el PP al Gobierno y les faltó tiempo. No, no todos los partidos son iguales y por eso este Gobierno realiza una política de orden público represiva y antidemocrática. No es igual el PP que el PSOE o el BNG, o IU, o ERC, por ejemplo, y no era igual Rajoy que Zapatero. Precisamente el fracaso de éste se evidencia en que sea denostado y puesto al mismo nivel que su sucesor tanto por gente de la derecha como por gente de izquierdas y con las mismas palabras y con igual violencia.

¿UNA SOCIEDAD DE CENTRO IZQUIERDA? Dije que el fracaso de Zapatero se resumía en tres derrotas. Una fue debida a la hegemonía de la derecha sobre la sociedad.

La derecha contó y cuenta con todos los medios de comunicación, les faltó tiempo para secuestrar TVE, pero a estas alturas mi opinión es que eso no se podría conseguir si no fuese porque la propia sociedad española es fundamentalmente de derechas. Lo de que España es de centro izquierda y muy democrática es o bien una creencia ingenua o bien un “cuento chino”, España tras el triunfo de los militares nacionalistas en el 39 y el sádico trabajo de cirugía y disciplina durante varias décadas es de derechas, esa ideología reaccionaria está en lo profundo de las familias y de los individuos. Ya no hablo de la cultura política de sus herederos. Visto lo que hemos vivido y vivimos a diario no puedo compartir el optimismo que manifestaba Zapatero al respecto. O esa explicación racional o estamos todos locos.

EL DOMINIO DE LA IDEOLOGÍA DE LA DERECHA. Es ese dominio de la ideología de la derecha sobre la sociedad lo que permite que lo evidente no sea visto. Que ni siquiera se le reconozca a Zapatero el éxito final en la lucha contra ETA, por ejemplo. Fue un esfuerzo de anteriores gobiernos, también del de Aznar, no olvidamos que sufrió un atentado contra su vida, y que finalmente fue un éxito del gobierno de Zapatero.

No pretendo hacer aquí el recordatorio de las medidas que impulsaron sus gobiernos, sólo desde una posición ideológica contraria o desde la mala fe se puede obviar un gran esfuerzo por transformar la sociedad en el sentido más justo y democrático. Y no es necesario recordarlo porque ya nos lo recuerda este gobierno día a día: destruyendo mediante decretos, gracias a su mayoría absoluta, lo que construyeron los gobiernos de Zapatero mediante leyes negociadas con la oposición. Lo que hace este gobierno es lo contrario de lo que hicieron los anteriores, quien no quiso ver en su momento, en relieve, lo que legislaba Zapatero está obligado ahora a ver, en hueco, lo que decreta Rajoy.

NO QUERÍAN UNA TAZA. Seguramente Zapatero creyó que permanecería algo de lo legislado, algo de lo avanzado, pero no: todo fue o está siendo barrido. Fracasó, si. Efectivamente, fracasó y Rajoy, por ahora, triunfa. Pero con esa derrota, con todas esas pérdidas, es derrotada toda persona que crea en la democracia y en un estado que reparta oportunidades e imparta justicia. Quienes lamentan la anulación del derecho a la justicia que amparaba la Constitución pueden ahora recordar a un ministro que dimitió únicamente por haber asistido a una cacería, y que él mismo padeció una cacería. O pueden recordar a aquella ministra objeto de tantas ironías y burlas, “la Aído”, que legisló el derecho al aborto y vio como le hacían “escraches” a sus padres los mismos que ahora legislan contra las protestas en la calle. Quienes se burlaban de la Educación para la Ciudadanía, les parecía tan ñoña, pueden ahora pasmarse ante la reforma educativa españolizadora, clasista y nacional católica. Quienes se sumaron irresponsable o ingenuamente a la cruzada nacionalista contra Cataluña y contra el “Estatut” pueden ahora asombrarse de que millones de catalanes, no una pandillita de políticos alocados, estén hasta el gorro de España. Quienes no comprendieron que la Ley de Memoria Histórica era una ley valiente que generaba unas críticas terribles pueden ahora contemplar al franquismo reluciente. Y así ministerio por ministerio, pantalla de plasma por pantalla de plasma.

DE PERFIL CONTRADICTORIO. Dije antes que Zapatero era un solitario y como tal se movió dentro del partido y en relación con el. Su personalidad tiene rasgos aparentemente contradictorios que lo hicieron desconcertante: un defensor radical de la vida civil pero formado en valores casi militares; un demócrata radical pero sin la mordacidad populista de “come curas” sino militante de la cortesía y las buenas maneras; un defensor del derecho de las mujeres al aborto y de los homosexuales al matrimonio pero hombre de familia de perfil tradicional.

TAMBIÉN FUE DERROTADO, APARENTEMENTE, POR EL APARATO DE SU PARTIDO. Siendo un gobernante que tomó buena parte de su fuerza de conectar con nuevas generaciones, que son distantes e incluso refractarias a los partidos, especialmente a los partidos tradicionales e históricos, toda su vida política pasada, la presente y la futura está unida a unas siglas que mitifica: PSOE. El solitario es un hombre de partido, de ése partido en concreto, hasta la devoción. Es consciente de los defectos y limitaciones del PSOE pero tiene una fe casi de sacristía en que sabrá superarlas. Esa devoción hizo que se relacionase con el aparato del partido con unas dosis de prudencia que no satisfizo a los militantes y cuadros más críticos que necesitaban una ruptura con el pasado. En cambio Zapatero confió esa mudanza a introducir unas elecciones internas, las “primarias”. Parecía un cálculo razonable hasta que estalló la crisis y sólo se pudo concentrar en una acción de gobierno para achicar agua del barco y tapar nuevos agujeros cada día, cedió a las presiones para anular las primarias.

El 38 congreso de ese partido en Sevilla, donde Chacón se enfrentó a Rubalcaba, quien finalmente ganó gracias a la implicación activa de González y Guerra, no consiguió aportar una nueva política y en cambio ofreció la imagen de que “la vieja guardia” retomaba el control del partido. Todas las encuestas dicen lo que todos sabemos, que la situación de ese partido hoy es incomprensible.

Sin embargo, no es imposible que al final el tiempo le dé la razón a Zapatero y, ya que las primarias no tienen vuelta atrás, y en el futuro ese partido tenga la posibilidad de una renovación política y de ser útil.

Y, NATURALMENTE, LA GRAN DERROTA. No hay duda, ni él mismo lo duda: en el parlamento hizo una consideración de que probablemente se equivocó al no pinchar la burbuja inmobiliaria española. No cabe mucha duda de, tras desencadenarse la crisis financiera exportada desde Wall Street, el estallido de la tal burbuja produjo este colapso económico y financiero de la economía. De lo que cabe duda es de que, una vez que Aznar transformó todo el territorio en solar y desencadenó aquel proceso, algún gobierno se atreviese a detener aquella bola de nieve en la que participábamos todos. Todos queríamos respirar algo del aire viciado de aquella burbuja. Los jóvenes que encontraban un trabajo bien remunerado sin necesidad de acabar sus estudios, quienes abandonaban otras actividades para dedicarse a destajo a algún sector de aquel cuerno de la abundancia que era el negocio inmobiliario, los dirigentes de los bancos y de las cajas que desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban cava y caviar, los políticos que presupuestaban e inauguraban y, de paso, muchos de ellos cogían sus “sobres”.

¿Qué gobierno habría modificado la política hipotecaria para pinchar nuestro sueño de ser propietarios de un inmueble antes de los treinta años y además mandar a paro a millones de obreros de la construcción? El de Zapatero tampoco lo hizo, confió en que el modelo económico existente evolucionaría y maduraría, que el gobierno, además de incrementar la financiación en I+D sólo tenía que apoyar a la banca y a las grandes empresas españolas, que eran un motor potente que seguiría creando empleo. No sólo se reducía el paro como nunca sino que llegaban millones de trabajadores extranjeros, lo cierto es que para quien no cuestionase las bases de ese modelo esto parecía una Jauja insólita. Zapatero manifestó su confianza en el modelo, una creencia que estaba asentada en todos los despachos de los poderes y gabinetes de estudios, lo hizo con el optimismo y la confianza en España que le era característica, posteriormente fue pasto de las burlas.

LA POLÍTICA ECONÓMICA DE LA SOCIALDEMOCRACIA. Su error fue tener su pensamiento político inscrito dentro la corriente dominante desde hace décadas en la socialdemocracia. Quien quiso saber a que atenerse con el fondo de la política económica del PSOE pudo tomar nota cuando, en la década de los ochenta, González se acogió a la máxima china de “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones” y que su ministro Solchaga aclaró diciendo que “España es el país europeo donde es más fácil hacerse rico”. Casi veinte años más tarde Bodo Hombach, el guía ideológico de Schröder y Tony Blair, el de la “Tercera Vía” (¿hacia dónde?), afirmó algo parecido: “estamos absolutamente tranquilos acerca de que alguna gente se esté forrando”.

La política de la socialdemocracia, desde Schröder en Alemania, es parte pasiva o activa en los cambios económicos y sociales que hacen de Europa un territorio donde aumenta la desigualdad. Pero, si somos algo serios, tenemos que verla en el contexto mundial, dentro de la globalización de los mercados y de los mercados de capitales.

LAS EXPLICACIONES DE ZAPATERO. Precisamente “El dilema” es un relato documentado de los límites de la política, de la impotencia de su gobierno y de otros ante el poder despótico de los mercados de capitales y de los intereses de estados más fuertes, como el alemán. Lo que muestra el libro es un desafío a la democracia y su impotencia ante el reordenamiento del mundo, donde emergen nuevas potencias y el capital se acumula en cada vez menos manos. Donde hay poblaciones que mejoran sus condiciones de vida pero donde la población trabajadora europea ve como desaparecen sus derechos y crece la miseria.

Me parece que el libro contesta a una afirmación que he leído repetidas veces y se la he oído a muchos amigos: “debió dimitir entonces y convocar elecciones”. Zapatero detalla los peligros día tras día en un tiempo agónico y concluye que hizo bien en no dimitir entonces pues habría añadido zozobra en medio de un temporal y habría tenido consecuencias en la economía inmediatamente. Habría dejado en mejor situación a su partido pero en peor situación al país. Es un razonamiento a considerar seriamente.

LOS ESTADOS, INDEFENSOS. La democracia afronta el ataque de fuerzas enormes, Zapatero creyó en este modelo y se equivocó pero no tiene sentido alguno cargar en él todas las críticas. Primero, porque nadie lo votó para hacer otra política económica. Es evidente que los millones de ciudadanos que lo votaron no querían que hiciese una revolución socialista y ni siquiera que pinchase la burbuja. Y, segundo, porque ningún gobierno de un estado puede afrontar este desafío. Gobernó en un tiempo en que desaparecieron estados europeos como Grecia, en que Italia dejó de ser un estado soberano y pasó a ser una provincia con un gobernador designado por la banca alemana, en que Irlanda o una dignísima Portugal fue humillada y sometida a tutela. Igual que el Reino de España, sí. Todo ocurrió en este tiempo.

Se trata de algo muy duro, tan duro como lo que estamos viviendo y como las penalidades de tantas personas, y para enfrentar eso no van a bastar las soflamas ideológicas. Los mercados de capitales no dejan lugar a la socialdemocracia, les estorba, y creo que ésta se queda sin sentido histórico. Pero debo reconocer que tampoco yo sé de una solución para afrontar los problemas que padecen nuestras poblaciones y que, mire hacia donde mire, tampoco la veo. Un poco de humildad es el primer paso para encontrar un camino.

LOS DESEOS CONTRA LA REALIDAD. Visto ya con la distancia de estos dos años esa época puede ser vista como un ensayo de someter la política a la ética y también de poner a prueba los límites de la realidad. Bastantes veces, especialmente en la primera legislatura, me pregunté “¿pero es posible lo que pretende?”, porque se atrevió a hacer cosas que entonces parecían inconcebibles, aunque ahora a mucha gente les parece calderilla. En los mejores momentos los sueños fecundan la vigilia, hubo algo de sueño en aquella política. Finalmente la realidad pudo con el sueño en muchos frentes, aquel Presidente que se atrevió a sacar las tropas de la guerra de Irak acabó reforzando las tropas en Afganistán y firmando la instalación de misiles norteamericanos. “Realpolitik”.

“ES DEMASIADO PRONTO AÚN PARA HABLAR DE ZAPATERO”: Quien me quiere bien me advirtió, pero yo no lo creo. Creo que había que decir que fue un valiente, que pretendió lo mejor para su país y que consiguió muchas cosas y que España da de sí lo que da. Hizo lo que debía, aunque resultase derrotado. Y eso había que decirlo porque alguien sacará algún provecho de todo esto. Pero, en el fondo, si escribí un libro con Zapatero y si ahora me detengo a hacer esta reflexión es por otro motivo: porque me dio y me da la gana. Y no es un motivo trivial en absoluto, por el contrario se trata de practicar la libertad de expresión cuando sabes que existe toda una gran presión en contra. Además, qué clase de personas somos si permitimos que se difame o se trate injustamente a un amigo o a alguien que no lo merece.

Desde que me recuerdo veo las cosas y pienso desde la izquierda política y desde Galicia, donde tengo mi destino, hubo muchas decisiones en esos años pasados que no comprendí y de las que discrepé pero siempre sentí que se trataba de una oportunidad histórica única y que había que apoyar a ese gobernante. Participé con independencia y a mi manera de ese intento de que España fuese un lugar mejor y un estado integrador y pudiese dar cabida a sus diferencias nacionales. Mi opinión actual es que no fue ni será posible, no tengo más remedio que aceptar que España tiene sus dueños y es gente como el ministro Morenés que apela al Ejército para garantizar sus intereses particulares y de clase y ese tótem franquista que lo encierra todo, “la unidad de España”.

Los conozco porque ya voy siendo mayor y tengo memoria, pero me gustaría llegar a ser un viejo de verdad y estoy seguro de que tampoco entonces me arrepentiré de haber acompañado a Zapatero en la medida y en el modo en que me fue posible.

Si han leído todo esto tengo que darles las gracias y despedirme hasta la semana próxima.

 

(Publicat a elperiodico.es els dies 25 de desembre de 2013, 1 de gener de 2014 i 8 de gener de 2014)

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