Patria asesina o patria colectiva

Ramon Zallo

La crítica literaria de la novela “Patria” de Fernando Aramburu supongo que la harán personas más competentes que yo por lo que, a este respecto, me limitaré a algunos comentarios de lector para centrarme más en el universo social y político que nos dibuja.

 

La batalla del relato político

 

Si la novela de Fernando Aramburu ha tenido tanto éxito de ventas y crítica y causado tanto impacto será porque algo ha hecho bien pero, sobre todo, porque –dada la interesada promoción y las críticas laudatorias, muchas de ellas muy exageradas tanto en lo literario como lo político- le ha venido bien al stablishment, especialmente en la llamada batalla por EL relato sobre la situación dramática que se ha vivido en el País Vasco, pero también en España en los últimos 40 años.

 

Una batalla en parte inútil porque siempre habrá relatos en plural, y el que plantea Aramburu es uno más y, por lo que explicaré luego, bastante parcial y maniqueo, que mezclando prejuicios y verdades absolutas que no lo son tanto, nos presenta un país irreconocible que se parece, en los comportamientos colectivos, más a la Sicilia de la mafia y la omertá que a la sociedad vasca permanentemente movilizada desde 1978 protestando por los desmanes de uno y otro lado.

 

Toda esta ausencia en la novela lo convierte en un relato escrito con las tripas, de parte y con bastantes amnesias. Aramburu se refiere a su novela como aportación “a la derrota literaria de ETA”. Con ese mimbre como hilo conductor difícilmente se puede hacer un relato espejo. De hecho no se ha esforzado mucho en documentarse (por ejemplo, en épocas pues abarca demasiados años o en hechos políticos relevantes como fondo) pues le bastaba su mirada ficcionando sobre una localidad dibujada como carcelaria, cobarde y cómplice de criminales.

 

La recepción de la “crítica”, sospechosamente unánime especialmente en la Corte, responde al imaginario que desde Mayor Oreja se aventó por los medios como modelo de relato para explicar lo que ocurría en el País Vasco: una lucha sin sentido de unos criminales que tenían atemorizada a toda la ciudadanía y que quería destruir el Estado de Derecho.

 

Aramburu así, confiesa no entender: “No hay tal lógica. Es todo un delirio y probablemente un negocio” (pg. 417). A pesar de los centenares de páginas que he escrito en mi vida analizando, criticando y denunciando las acciones y estrategias de ETA nunca la definiría como “una organización dedicada al asesinato en serie” (pg. 69) porque es un carril que no permite explicar casi nada salvo la aplicación del código penal.

 

Aramburu se fue a vivir a Alemania en 1985, con 26 años y la novela trata de un periodo posterior, que vivió a distancia y que reencontraba, supongo, en sus visitas a Donostia y, sobre todo, en toneladas de información y de artículos de columnistas dedicados a crear un relato con un imaginario inducido y que podría resumirse así: todo es ETA (la izquierda abertzale por supuesto y se ilegaliza; al igual que la euskalgintza –movimiento por el euskera- puesta bajo sospecha… y se cierra Egunkaria); la izquierda abertzale no tiene otra idea en la cabeza que la Patria como identidad asesina; el nacionalismo tradicional consiente, es cómplice y obtiene las nueces del árbol que zarandea la violencia y, de paso, es la fuente primigenia de la que bebió ETA; la sociedad vasca está chantajeada, acobardada y enferma; el Estado es el Derecho y la ley, y las Fuerzas de seguridad, hagan lo que hagan, su baluarte. Este imaginario está implícito unas veces, explícito otras, en el discurso de la novela.

 

Ese relato, tan lleno de circunloquios, pasa por negar que haya un conflicto vasco (habitualmente se le reduce a una cuestión de presencia de la ideología nacionalista en una mayoría poblacional) siendo el único conflicto el que ETA creó y el Estado respondió, cuando lo cierto es que había dos conflictos tan distintos como relacionados: el político y general, y el armado y particular de un sector aunque nos afectaba a toda la población. Aquel tipo de relato negacionista ha hecho mucho daño (como en Catalunya) y vale para evitar poner en cuestión la “integridad territorial” o permitir preguntarse por la salud de la democracia misma.

 

Eso sí que es patria (española) y patriotismo no confeso, porque se le pone a la unidad patria por encima de la democracia y del derecho a divorciarse de ella, cosa que no le pasa al patriotismo vasco (sin ETA) que se basa precisamente en la democracia (hoy negada) de preguntarse y aceptar el resultado.

 

El título mismo arremete contra la “patria” (ahora que Podemos la revindica incluso para España) como causa última de la violencia ocurrida, sin pararse a pensar en la diferencia entre las patrias culturales, sociales y políticas satisfechas, y aquellas que sienten la frustración de no poder decidir sobre la suya propia. La Transición sin ruptura democrática nos trajo la imposibilidad de decidir más que en los límites de una Constitución que en Euskadi no se legitimó, y está en la base de la autojustificación que se dieron ETA m, ETA pm y Comandos Autónomos para proseguir con la estrategia armada después de 1977 haciendo un flaco favor a la generación de un movimiento popular nacional de corte solo civil, aunque en algunos temas (Lemoiz, Autovía) ETA sí tuvo un rol  decisorio.

 

¿Se puede ridiculizar aquella frustración colectiva?. Claro!. pero al hacerlo se tocaron fibras muy sensibles porque afectaban a la identidad, al ser o no ser subjetivo, desde donde surgieron los demonios que hemos sufrido, invisibilizando el combate político colectivo y pacífico por una sociedad más libre e igualitaria y por unas instituciones más decentes que las del Estado.

 

Los ausentes

 

Aramburu nos describe en su libro, lo que ya comenzara en los relatos cortos de “Los peces de la amargura” (2006). Nos narra el sufrimiento oculto de las víctimas de ETA, el miedo al atentado, su aislamiento social en algunos lugares o el vacío a los familiares. Sin embargo lo hace desde el dibujo de un mundo dual en el que solo están ETA + Izquierda Abertzale versus candidatos a víctimas a las que no puede proteger el Estado y, en medio, como un coro mudo y comparsa, el miedo, la cobardía y el silencio general. Solo dos bandos y un solo conflicto (demócratas –violentos).

 

No fue así porque hace desaparecer del escenario al principal protagonista que siempre ha sido la inmensa mayoría de la sociedad vasca: las bases votantes del PNV, la capacidad reactiva del socialismo guipuzcoano, fenómenos como Elkarri o Gesto y su movilización constante, la trama amplísima de sociedad civil, mucha base de las izquierdas  abertzales que renegaba de ETA, los resultados electorales, las instituciones funcionando, las decenas y decenas de manifestaciones o concentraciones contra atentados y secuestros de ETA ya desde finales de los 70.

 

Todo ello está alejado del unanimismo social proetarra o acobardado que se dibuja injustamente, aunque también es cierto que esa sensibilidad –que ni siquiera estaba presente en las filas socialistas en los 80- para el sufrimiento de una parte de las víctimas, comenzó solo a principios de los 90 cuando además de militares, policías y guardias civiles, y supuestos colaboradores y narcos, pasaron a ser víctimas también empresarios y políticos electos. Quizás influyó –es una hipótesis- que la amenaza se cernía sobre la propia urdimbre social y no solo sobre la gente de armas, vista como un cuerpo social ajeno.

 

En la novela no hay ni rastro ni eco de una sociedad movilizada por causas varias (Autovía, OTAN, objetores, huelgas obreras…) desde los 70 hasta los 90 mientras en España se vivía el desencanto, la pasividad y la anomia social. No están la movilización contra las violencias de cada momento ni los ensayos sociales para erradicar a ETA o avanzar en el derecho de decisión (Lizarra 1998, Loiola 2006…). La sociedad vasca ha sido durante décadas la más viva, de mejor criterio y más politizada de todo el Estado.

 

Así que la intención de introducir el sentido de culpa colectiva, como en Alemania tras el nazismo (Juaristi, Savater, Varela…) debería pinchar en hueso porque la película narrada es una fantasía, eso sí con pinceladas de verdad, hasta confeccionar un discurso de posverdad. Lo siento, pero las culpas a los que las tengan; y está bastante distribuida aunque en distinta dimensión, entre los autores de hechos inapelables (muertos, heridos y amenazados) bastante más producidos en una parte (ETA) que en otra (GAL y abusos policiales) pero, sobre fondos contextuales (no justificativos) de un Estado y partidos de orden sosteniendo una democracia de bajo perfil, con derechos negados de forma reiterada frente a voluntades colectivas y mayoritarias.

 

Se podrá decir que la de Aramburu es solo una historia local, (aunque no la mencione parece Hernani), sin pretensión de retrato general de Euskal Herria, pero lo desmienten la significación del conjunto de localidades elegidas para la trama (a añadir Rentería y Donostia), los personajes, las relaciones sociales descritas, el cura, los etarras, la izquierda abertzale, los acontecimientos del antes y después, las vivencias de los personajes de origen español, el accidente de los familiares del preso, la presencia de la tortura o el discurso vicario del propio escritor en el alegato para una causa general (pg. 551) sobre los años de plomo.

 

Pero para ser justos, hay otro esquematismo maniqueo que se manejó en uno de los otros bandos, y fue el de la izquierda abertzale, hasta fechas cercanas con sus “conmigo o contra mí”. Recordemos. Tras el distanciamiento social por la bomba de Hipercor (1987), el Pacto antiterrorista de Ajuria Enea (1988) y el fracaso de Argel (1989), la izquierda abertzale oficial intentó la recuperación de la hegemonía social perdida al final de los 80 (en lenguaje, imaginarios, actitudes y raíces sociales). Pero recurrió para ello a un terreno imposible y que chocó con la sociedad: la coacción social (contramanifestaciones o contra concentraciones con visos de enfrentamiento social) y la kale borroka, amparadas en la pretensión de “socialización del sufrimiento” que propugnaba la ponencia Oldartzen de HB (1994). Las acciones de ETA en esa década pasaron a ser menos numerosas, más selectivas y de más impacto tales como los secuestros prolongados y muy dolorosos para la psique social, culminando con la barbarie del secuestro de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. El resultado fue el choque frontal con la sociedad vasca casi entera, la ofensiva antinacionalista de Mayor Oreja y Redondo Terreros que fue vista como una amenaza por el nacionalismo moderado y el surgimiento del acuerdo de Lizarra en 1998 (nacionalistas, Ezker Batua, izquierda radical, organizaciones de sociedad civil) que trajo una tregua de año y medio pero no la paz.

 

Trama que atrapa y personajes dudosos

 

La novela es eficaz, de las que atrapa al principio –luego bastante menos-, revela sufrimientos, interpela, hace sentir y solidarizarte, con personajes variados y múltiples tramas derivadas. De estilo ágil, de capítulos cortos y frases aún más cortas y lenguaje rotundo y austero, sus excesivas 640 págs. se leen unas veces con facilidad, y otras con dificultad, por los problemas para reconocer épocas, sus continuos flashbacks, sus cortes a veces artificiosos, sus bastantes reiteraciones y dèja vus en la propia novela o un narrador que, a veces, no se sabe quién es. No es “un libro que durará para siempre” como se ha dicho.

 

Los dos personajes principales (Bittori y Miren, las temibles matriarcas, esposas de unos maridos simplones pero buena gente) a veces parecen el mismo personaje (en versión perversa- abertzale la una y taimada la otra). Rinden culto al mito del matriarcado pero, por excesivas, no reconocemos ahí a nuestras madres aunque es más que lícito en una novela.

 

Entre los que son más burdamente descritos están ¡casualidad¡ el militante de ETA Joxe Mari y sus amigos, de los que dibuja una cruel caricatura (pg. 172). Les despoja de humanidad e inteligencia sin reconocer su militancia y sacrificio –estén equivocados o no- convertidos en puros matones, criminales y llenos de testosterona (pg. 440) o de competitividad (“ganar puntos en la organización“ pg. 495) o manteniendo conversaciones increíbles entre dos miembros de ETA (“cuando tengamos la sartén por el mango entonces bailarán al son de nuestra música”, pg. 496). La verdad es que Aramburu no hubiera dibujado así a los militantes socialistas y comunistas de los años 30 que, por cierto, con frecuencia se liaban a tiros con los del PNV, y viceversa.

 

Mucho alejamiento de la realidad tiene Aramburu cuando les atribuye actitudes de homofobia (pg. 582 y 621) que están radicalmente proscritas del ideario abertzale desde hace muchos años (“La muerte de Mikel” de 1984 fue el antídoto). Al igual que el dibujo de xenofobia anti-inmigrado español (pg. 173) hace poca justicia a los intensos mestizajes de la población vasca ya desde los 50, mucho más intensos, por ejemplo, que en Catalunya; ello al margen de que en las mentalidades más tradicionales queden restos del maketismo y que Aramburu nos trae a colación (“No es vasca pero bien”, o sobre la fisioterapeuta que no habla euskara “pero en este caso no importa“, o con la ridícula paga a la asistenta latinoamericana Celeste “son pobres. Ella sabrá agradecerlo” dice Miren la perversa en págs. 25, 28 y 66).

 

En ningún momento trae a colación el componente de izquierda en el ideario de la izquierda abertzale. Incluso el único sindicalista que aparece en el libro -de LAB- lo dibuja como un canalla desagradecido, matón y estúpido que pasa información sobre su propio patrón (pg. 447) sin percatarse de que si lo matan perderá el puesto de trabajo.

 

Peor rollo se trae con el odioso cura Don Serapio, con un perfil imposible de justificador de la lucha armada (pg. 313 ) y culpabiliza a Bittori por ser víctima, recomendándole que no vuelva al pueblo a pesar del alto el fuego de 2011 para “no entorpecer el proceso de paz” (pg. 120). En fin, cartón piedra. Y desde luego no hace justica a la Iglesia popular vasca que, si en el franquismo fue fuente de rebeldía, en democracia propugnó en su muy inmensa mayoría la no violencia, compatibilizada con la defensa de los derechos políticos de la colectividad. Seguramente junto a la sociedad civil potente y que se enfrentó al Estado y a ETA, fue un factor que impidió que nos convirtiéramos en una comunidad inviable y fracturada y preparó el camino al fin de ETA que, aunque les cueste a algunos aceptarlo, ha sido menos (que también) una derrota policial que el resultado de un aislamiento social, incluido el riesgo de marginación y de fractura que la izquierda abertzale percibió ya en 2004 (discurso de Otegi). Ahora bien ¿puede haber un cura descerebrado como Don Serapio?. Puede, pero éste lo ha fabricado Aramburu como personaje.

 

Indicativo de la mentalidad de Aramburu es atribuirle al obispo (y no puede ser otro que Setién) sin venir a cuento como personaje que “este señor solo practica la misericordia con los asesinos” (pg. 489) lo que es una calumnia para quienes hemos seguido (desde el ateísmo) su ponderada e incómoda trayectoria y su amplia y digna obra escrita.

 

Otros personajes (Arantza, Xabier, Nerea, Gorka…) tienen perfiles más cercanos y reconocibles. Y todos ellos mediante trazos rápidos y eficaces aunque sin las finas profundidades sicológicas de los personajes de Ramón Saizarbitoria, por ejemplo.

 

 Un debate sobre la responsabilidad de escritores y periodistas

 

Cito a Saizarbitoria con intención, porque en su debate-encontronazo con Aramburu en 2011 (Feria del Libro de Guadalajara) y reiterada en un debate el 4-11- 2016, este último dijo que «los escritores en lengua vasca están subvencionados y no son libres» mientras que «Yo puedo explicarme con total libertad». ¡Vaya injusta arrogancia!. No mencionó que, de partida, sus colegas y compatriotas voluntariamente se han empeñado en crear desde una literatura casi inexistente, que se ciñen a un primer “mercado natural” de un millón de hablantes en euskera (que en realidad solo una muy pequeña parte lee novela en euskara) mientras que el mercado potencial de Aramburu supera 470 millones de hablantes, además de tener más facilidades para ser traducido a otros grandes idiomas con accesos a muchos más premios y editoriales.

 

Estuvo fuera de lugar por su parte reprochar en ese debate que la violencia no ha golpeado por igual a unos (escritores euskaldunes) y a otros (autores en castellano) como si los autores se hubieran decantado idiomáticamente para protegerse, o habría que culpabilizarse por no haber sido objetivo de ETA, o no habría habido denuncias severas desde ese campo (Atxaga, Lertxundi, Muñoz, Zaldua, Cano o Saizarbitoria) en los peores años de plomo, arriesgando ser vistos como equidistantes (y boicoteados) en “Madrid” (como le pasó a Julio Medem por su valiente “La pelota vasca”) y, al mismo tiempo, perder lectores en euskera -muchos de ellos de izquierda abertzale-. Al fondo -y lo dice uno que piensa que también hay una (buena) literatura vasca en castellano- los complejos o las fobias sean idiomáticas, culturales o patrióticas… son malas consejeras.

 

El comentario anterior viene a cuento. En su novela Gorka y Ramuntxo, periodistas de una emisora en euskara de Bilbao de la época (solo había una en Bilbao y era de la Iglesia) peroran: “¿Te imaginas que tú y yo condenáramos mañana en la radio el asesinato de hoy? Antes del mediodía nos habrían cortado la subvención o nos pondrían de patitas en la calle” (pg. 462). Esa foto es tan imposible como injusta. Falsa porque es inconcebible que Gobierno Vasco o la Diputación de Bizkaia (PNV) pudieran condicionar subvenciones a no denunciar a ETA cuando las propias instituciones lo hacían. Injusta porque mayoritariamente el periodismo –en castellano o euskera- hilaba más grueso que fino frente a ETA también en la época y todos los días, fuera por convicciones o fuera porque le temían más a los dueños de los media, muy mayoritariamente decantados no solo contra ETA sino contra el nacionalismo. Es no conocer el país del que habla.

 

Precisamente lo que se echó más de menos en la época fue un periodismo comprometido y sin equidistancias que mirara al fondo de los conflictos: las violencias, incluida en primer lugar la de las organizaciones armadas, y la degeneración del estado de Derecho, que se profundizó con la bendición moral de algunos intelectuales antaño rojos y luego blancos, con su rendición a Leviatán. Algunos (Ortiz, Ferrer, Ibarra, Estornés, Lasagabaster, Yanke, Zallo…), por ejemplo, lo intentamos hasta entrando en el consejo editorial en el primer El Mundo de El País Vasco (1994-1996) hasta que vino la alianza Aznar –PedroJota. Y tantos otros que podría enumerar, Portell entre otros (otro puente).

 

Hechos dolorosos a recordar

 

¿Se mató a empresarios por no pagar la extorsión? Sí, aunque en el caso de Txato no encaja que no tuviera vía para negociar su situación.

 

¿Hubo miedo?. Sí y mucho, y afectó a muchos de nuestros compatriotas que debían llevar escolta incluso cuando quedábamos a comer. En mi caso cuando asesinaron a Lluch (2000) -con el que compartí tertulia radiofónica el mismo día que le mataron- empecé a mirar durante meses debajo de mi coche, porque también asumía una cierta condición de puente entre las banderías. ¿En la estrategia de fuga hacia delante de ETA estaba la de volar los puentes? A saber. La reacción social fue tan contundente y sana, especialmente en Catalunya, que ese camino se cegó.

 

¿Hubo espiral del silencio? (“Nunca hemos sido nacionalistas. Pero es mejor que aquí nadie se entere” (p 126). Sin duda y más especialmente en algunos pueblos. Pero de ahí a que nadie, ni los trabajadores, fueran al entierro de Txato o que la gente no sepa o sospeche cómo piensa el de al lado incluso en los pueblos pequeños, o que el vacío a un amenazado y a familiares sea general, es donde ya se entra en un territorio imaginario.

 

Y si miráramos también al otro lado ¿Hubo hostigamiento policial y judicial con suspensión del Estado de Derecho para una franja social entera: la “izquierda abertzale”, más allá de ETA? Lo hubo. La población en general vivimos traumatizados años y años por las acciones de ETA y por las respuestas del Estado que no distinguía entre derechos y represiones mientras la Justicia tampoco hacía (hace) honor a su nombre.

 

Llamativamente -y hay que agradecerle a Aramburu la valentía- como autor nada sospechoso describe con detalle (p 505-509) el calvario de la tortura y deja ver que era sistemática y rutinaria, en Intxaurrondo y la Dirección General  de la Guardia Civil de Madrid, incluyendo la mecánica del médico forense garantista para llamarse “andana” ante la piltrafa machacada que tiene delante, o del juez instructor (Garzón fue de esos) que ante la queja del torturado contesta con un aquí no toca: “presente la denuncia correspondiente en el juzgado”(510). Tantos años los “constitucionalistas” españoles y vascos mirando a otro lado a pesar de 5.000 denuncias alegando que denunciar era una consigna de ETA y ahora resulta que uno de los suyos dice que sí, que era así, y que el Estado de Derecho tenía sus cloacas y que las 9 condenas por torturas en 40 años nos hablan de otra espiral de silencio. A Aramburu si le creerán pero seguro que no se investigará.

 

Se cierra el círculo narrativo de la novela con la figura del arrepentimiento (y la ambigüedad sobre el perdón) simbolizado en las consecuencias de la violencia y en la vida fracasada de Joxe Mari. La cárcel cumple su función redentora-destructora personal y su objetivo político de vencedores y vencidos. Michel Foucault lo tenía claro.

 

La sociedad vasca es consciente de que los errores estratégicos, gravísimos hasta el crimen, de ETA pueden ser una vacuna social para un nunca más, y que es posible escribir el presente y el futuro con otros mimbres tejidos desde la centralidad de los derechos humanos y la pura fuerza social y política. Quizás la izquierda abertzale llegue algún día a la conclusión de que lo mejor de su corriente era su gente y su peso social, sin que necesitara al primo de Zumosol que, ya desde fecha temprana, la maniató pasando a ser su problema y no parte de la solución.

 

De hecho, está recuperando poco a poco peso y, al lado, apoyando un giro social a la izquierda, milita otra corriente nueva –Podemos- con su propia filosofía. ¿De quién es la derrota entonces? Hay que acotarla porque ese Ícaro vuela de nuevo, tras liberarse del plomo y sus alas negras, y volará más ligero y alto si hace memoria sincera y liberadora sobre lo que pasó. Y si no lo hace, lo haría la Comisión de la Verdad que proponemos desde las organizaciones memorialistas partiendo de la fecha en la que se iniciaron los crímenes de lesa humanidad: 1936 a 1977, y a las que acompañaron violencias injustificables y sin cuento hasta llegar este momento, 2017, en el que pueda cerrarse el relato plausible y diverso sobre lo ocurrido, y alumbrar otra convivencia y otro futuro.

 

 

Catedrático de la Universidad del Pais Vasco-EHU

Fuente:

www.sinpermiso.info, 12 de marzode 2017

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